| Atención
Psicoterapéutica
Alteraciones Emocionales más Frecuentes
La emergencia de una
enfermedad crónica médica y socialmente poco
comprendida altera el funcionamiento de la persona
disminuyendo su calidad de vida.
Puede poner en duda
los supuestos básicos sobre los cuales se construyó
su vida y poner en crisis sus proyectos vitales.
Modifica
sustancialmente su capacidad para sostener la
independencia y autonomía personal, interfiriendo en
el cumplimiento de sus roles cotidianos y en las
relaciones familiares y sociales.
Todo ello da lugar a
alteraciones emocionales que en el inicio van desde
la angustia y desesperanza, pasando por sentimientos
de devastación, confusión y desorganización.
Cada persona con ECSI
necesita una ayuda diferente y presentará una
reacción personal dependiendo del alcance de la
enfermedad y de su grado de desarrollo previo.
Asimismo, en el curso de la enfermedad atravesará
por distintas instancias emocionales conforme se
suceden las diferentes etapas del proceso de
recuperación.
Durante la fase
inicial de crisis o emergencia las emociones
predominantes son: Devastación. Confusión.
Desorganización. Angustia. Falta de autocontención.
La ausencia de un diagnóstico certero y la
indefinición del cuadro pueden generar un alto grado
de estrés ocasionando un trauma.
Los efectos sociales
que acompañan a esta fase pueden ser de alarma y de
shock en la familia. Incredulidad y escepticismo.
Incomprensión como consecuencia de la falta de
información.
En la fase aguda o
de shock que ocurre en forma inmediata al
diagnóstico puede ir acompañada por un sentimiento
de inseguridad o incluso de duda y desconfianza.
Miedo e incredulidad. Confusión. Negación. Pérdida
del autocontrol y disminución de la autoestima.
Fuerte descontento consigo mismo. Vergüenza frente a
los otros. Preocupación por el futuro. Tristeza y
desesperanza.
Los efectos sociales
propios de esta etapa suelen ser de escepticismo por
la falta de evidencia externa de la enfermedad.
Soporte externo insuficiente o inapropiado. Falta de
interés o de información. Se tiende a minimizar la
enfermedad y sus limitaciones. Desorientación.
El tránsito por la
fase siguiente suele ser prolongado. Cursa con
pequeñas y continuadas crisis cuyo registro permite
el reconocimiento de distintos patrones de síntomas
y el posterior ajuste de la conducta. El paciente
siente que se encuentra en una especie de meseta, en
la que el pasaje insidioso por los distintos estados
genera confusión en los límites y preocupación. En
esta fase de ajuste a la cronicidad las
recaídas son de menor intensidad y los cambios son
mínimos pero duraderos. El incremento de la cautela
puede ser provocado por el temor a caer en el exceso
de actividad y a la posterior recaída.
Esta fase de meseta
va acompañada de la necesidad de aislamiento y
retraimiento. Vergüenza y ocultamiento social de la
enfermedad. Temor al rechazo y a la incomprensión de
los otros. El dolor emocional puede derivar en
sentimientos encontrados de bronca, frustración,
resentimiento, depresión y angustia.
Los efectos sociales
que acompañan a esta etapa se expresarían en una
falta de interés y de empatía del entorno social,
por la dificultad de los otros de entender y aceptar
las necesidades alternadas de distancia y
acercamiento de la persona afectada. Esto puede
derivar en falta de acercamiento y de comprensión,
hartazgo, repulsión y abandono. Para el paciente las
posibilidades de socializar son escasas por el
incremento de la necesidad de cuidado en el ritmo y
la intensidad de la actividad. La interacción con
los otros no es fluida y presenta reiteradas
situaciones conflictivas.
En la fase de
estabilización o de acomodación los síntomas son
más predecibles. Las recaídas son más cortas y
espaciadas. Entre una crisis y la siguiente el
paciente sabe como evitar el colapso.
Comienza a mediar una
conducta más clara de adaptación. Se reconocen y
aceptan mejor las limitaciones. Retorna la capacidad
de autocontrol y autocontención. Mayor apertura y
plasticidad para intentar cambios y organizar en
forma distinta su vida.
Entre los efectos
sociales que acompañan esta etapa se produce un
aumento de conciencia de los efectos sociales que
esta sintomatología provoca en los vínculos. Se
aprende a enfrenta el dolor y no se lo oculta,
asumiendo los posibles estigmas sociales y
confrontándolos. Se rompe el silencio y hay mayor
disposición a comunicar socialmente las limitaciones
y nuevas necesidades.
En la fase de
resolución o de integración se afianza la
capacidad de autocontrol. El paciente aprende a
tolerar la frustración en el largo y complejo
proceso de recuperación. La persona integra a la
vivencia de la enfermedad crónica experiencias y
aspectos personales anteriores y posteriores a la
emergencia de la misma. Surgen nuevas necesidades y
cambian los propósitos en la vida.
Se reconstruye una nueva definición de sí mismo y de
sus relaciones sociales. Nuevos roles se integran a
la identidad, se hacen nuevas amistades y se cambia
la forma de vincularse con los demás. Se organiza un
nuevo estilo de vida con actividades alternativas
más ajustadas a las reales posibilidades, libres de
excesos y exigencias. |